
Que tal estimados, me gustaría compartir con ustedes una columna que escribí para el diario La Segunda del día 8 de febrero. Ojalá comenten para poder tener un debate abierto sobre el tema.
A horas de que el Presidente Piñera anuncie su primer gabinete, todavía se escuchan los ecos de la primera polémica postelecciones: ¿qué tipo de oposición debiera tener el próximo gobierno?
Del círculo del nuevo Presidente se han escuchado reiterados llamados a una oposición constructiva, una democracia de los acuerdos, incluso un gobierno de unidad nacional. Salvo esto último, que resulta abiertamente desproporcionado tratándose de un país en paz y sin ninguna catástrofe que pudiera justificarlo, lo cierto es que este llamado no puede ser rechazado.
¿Qué patriota podría negarse a priori a llegar acuerdos en beneficio de su país? ¿Quién podría volver a repetir consignas que tanto mal le hicieron a Chile, como la de “negarle la sal y el agua” a un gobierno? Nada de eso. Quienes hemos estado en el gobierno estos últimos 20 años, sabemos que la única forma de avanzar sostenidamente en el desarrollo integral de Chile es llegando a grandes acuerdos nacionales en temas claves para el país. Así lo hicimos estos años con la reforma a la justicia, la política de infancia, la reforma al sistema previsional, el plan AUGE, la nueva política habitacional, el sistema de protección social, etc.
Ahora bien, tan absurdo como negarse a llegar a acuerdos es aceptar el chantaje moral de quienes quieren negar el carácter imprescindible y patriótico que tiene toda oposición en un régimen democrático. Así como no pueden existir vetos a priori, tampoco pueden existir cheques en blanco. El rol de la oposición es claro y nítido: fiscalizar el cumplimiento de las promesas de campaña y el estado de derecho, criticar todo lo que no aporte al bien común, mejorar las políticas públicas y apoyarlas cuando sean buenas, y, tan importante como lo anterior, proponer ideas para el futuro.
Gracias a Dios, como país hemos superado el maniqueísmo que por tanto tiempo nos dividió entre buenos y malos. En este sentido, el primer desafío del nuevo gobierno es reconocer y legitimar el rol de la oposición. Si se desea una oposición constructiva, debe partir por dejar de descalificar a quienes por el mismo amor a Chile hemos decidido ejercer el rol que nos corresponde.
Superada la cuestión de la oposición, debemos pasar al tema de fondo: ¿en qué consiste ser un buen gobierno? Luego de 20 años de ser oposición, quienes hoy conducirán el país deben demostrar con hechos que pueden y saben cómo gobernar bien. A poco andar se darán cuenta de que esto es mucho más difícil que redactar un documento académico, hacer un discurso o “gerentear” una empresa, por complejas que sean estas actividades. Si bien para gobernar un país sirven la inteligencia del intelectual, la capacidad comunicacional del orador y las habilidades del buen gestor, el desafío es mucho mayor. Un buen gobierno supone sobre todo la capacidad de escuchar, de armar buenos equipos, de armonizar lo político y lo técnico, de buscar acuerdos, de priorizar lo que se puede hacer en un período tan breve, y, como si todo lo anterior fuera poco, mover el pesado aparato estatal, con sus rigideces, controles y amarras legales.
Como dice el dicho popular: “Otra cosa es con guitarra”. Ya lo verán las nuevas autoridades. Muchas de sus críticas despiadadas de ayer serán vistas con matices desde su nuevo rol. Producir acuerdos supone muchas veces estar dispuestos a ir más lento. Hacer reformas profundas en un área, conlleva en más de una ocasión renunciar a progresar en otra. Avanzar rápidamente no siempre permite consolidar cambios y menos modernizar nuestras ya anquilosadas instituciones.
La calidad de la oposición importa, qué duda cabe. Pero la verdadera responsabilidad recae en quienes fueron electos. Aquí no caben miradas mezquinas. Ni de quienes pretenden hacer lo posible para que al nuevo gobierno le vaya mal, ni de quienes califican de antipatriotas a quienes piensan distinto o critican su actuar. El bien de Chile descansa en la habilidad de todos de hacer bien su trabajo: ser un buen gobierno y ser una buena oposición.













Claudio, si toda la ahora ...
Claudio, si toda la ahora oposición fuera como usted... ¡¡que fantástico país tendríamos!! pido a Dios que espíritus democráticos como el suyo prevalezcan sobre las mezquindades que han imperado en los últimos años en la Concertación y que hicieron que la gente cambiara el timón político.
La Alianza va a aprender lo que es tener buenas ideas e intenciones y toparse con las rigideces del Estado. La Concertación va a aprender la impotencia de ser más espectador que actor (en ´muchos ámbitos, no en todos). Y si todo va bien, y demostramos que somos un país democrático no sólo en lo nominal, habremos dado uno de los mayores pasos de madurez que hayamos conocido.