Comparto con Uds. esta columna que será publicada en lo próxima revista Capital sobre la renovación de la Concertación y la política:
La Concertación pierde luego de 20 años en el poder, y muchos se preguntan cual es su futuro. Los agoreros de siempre (los mismos que volvieron ha tragarse sus pronósticos de “funeral de Estado para la DC”), sostienen que ésta sólo puede desaparecer. Que ante la ausencia de un gobierno que liderar, las fuerzas centrífugas de díscolos y autoflagelantes terminarán por pulverizar lo que ha sido la coalición política más exitosa de la historia de Chile. Sólo el tiempo dirá. Mi pronóstico, sin embargo, es optimista. Esta crisis puede ser la oportunidad que necesitamos para renovarnos lejos del poder y luego reconcursar la confianza ciudadana.
La clave es si seremos capaces de hacerlo. Lo primero que tenemos que hacer, es impedir que conceptos prometedores se transformen en monedas de cambio desprovistos de contenido. Como “la renovación” pasó a ser políticamente correcta, usarla está hoy de moda. Pero no todos entendemos lo mismo y ya es hora de empezar a definirla.
Desde ya me declaro en contra de la caricatura que significa creer que la sola edad es garantía de nuevas prácticas, nobles valores y buenas ideas. Extremadas las cosas, prefiero mil veces a un viejo con espíritu joven, que a un joven con prácticas viejas. Es obvio que urgen caras nuevas y jóvenes en política, pero no todo califica como renovación.
Para renovar la política, primero debemos tener una interpretación certera de la derrota y una visión clara de los desafíos futuros. Sólo entonces podremos decidir quienes lideran. Hacer lo contrario es poner la carreta delante de los bueyes. En mi concepto, perdimos por tres razones: no fuimos capaces de leer a tiempo el desgaste político que demandaba una forma más abierta de elegir al candidato entre viejos y nuevos liderazgos; las malas prácticas en el ejercicio del poder (gobierno, parlamento y partidos); mal diagnóstico sobre la cultura, necesidades y expectativas de la nueva clase media trabajadora.
Respecto al futuro, hoy estamos tensionados entre distintas visiones del tipo de oposición que debiéramos ser y el universo electoral al cual debemos hablarle. Mientras algunos apuestan a una oposición centrada sólo en fiscalizar y defender los derechos adquiridos, otros creemos que además debemos ser desde ya capaces de elaborar un nuevo proyecto positiva y convocante en temas claves para el futuro de Chile: medioambiente, delincuencia, educación, emprendimiento, educación superior, desigualdad, etc. De igual forma, mientras algunos apuesta a recuperar los tres puntos porcentuales de diferencia con Piñera, otros apostamos al 44% de Chilenos que no votan por nadie.
En este contexto, la renovación no puede ser discursiva. Esta no se declara, se actúa; no se promete, se realiza; no es del futuro, es del presente. La renovación parte como un malestar frente a algo que no gusta, luego se transforma en una idea de cambio y, finalmente, se logra sólo cuando se transforma en una práctica. Por eso que la renovación más que anunciarse o comentarse, hay que mostrarla en hechos concretos y sólo desde allí será creíble. La primera tarea es para los partidos. Ahí se requiere un equilibrio entre diagnóstico y proyecto y los liderazgos creíbles para comunicarlo al país.
Este tipo de renovación debemos hacerla de abajo hacia arriba. Eso es lo que está haciendo una generación de alcaldes y parlamentarios, que han optado por un camino más largo (y probablemente) efectivo de renovación. Esa que se hace en terreno, que aprende a reconocer los méritos del adversario, que cree en el mérito por sobre la militancia, que sabe escuchar tanto como hablar, que cree que la eficiencia en la gestión es parte esencial de la ética pública, que sabe reconocer errores y pedir perdón por ellos, que rescata la innovación y el emprendimiento para la política, que se la juega por causas impopulares…pero con sentido, que cree en valores y los defiende, pero que también respeta a quienes piensan distinto.
Con esta elección presidencial se cierra definitivamente un ciclo de la política chilena, y se abre otro cuyo contenido todavía no esta escrito. La capacidad de la Concertación y sus partidos de renovarse será la clave para la política chilena de los próximos 20 años.












Ver para creer
decía santo Tomás, pero el tema es al revés."Creer para poder ver"; la Concertación dejó de creer en los valores o ideales de la década de los '80, que hicieron posible ganar el plebiscito y las elecciones el año '89
De la defensa de los ideales, se pasó a la defensa del territorio o feudo de poder, que permitió abusos, "faltas administrativas", etc.
Ahora debe venir un proceso de reflexión y de volver a creer en algo que se pueda proyectar e implementar.
Saludos